Hay una verdad casi axiomática en la gastronomía mexicana: el aguacate es un tesoro nacional, una joya verde que hemos defendido como si fuera petróleo comestible. Pero hay también una contradicción algo vergonzosa: casi siempre lo destinamos al mismo final predecible —el noble, sí, pero repetido guacamole. ¿Y si el aguacate tuviera un alma más …